sábado, 2 de mayo de 2026

El día que en el Kentucky Derby se habló en español


Cañonero II, izquierda, con el jinete Gustavo Avila, ganando el Kentucky Derby 1 de Mayo de 1971. Cortesía AP Photo

Por: Enrique Alberto Martín-Caro Malavé
Hay triunfos que se escriben con tinta de oro en los libros de récords, pero el de Cañonero II se escribió con barro, sudor y una fe que desafiaba cualquier lógica matemática. 
Al cumplirse 55 años de aquella tarde de mayo en Churchill Downs, recordamos el momento exacto en que el templo del hipismo estadounidense tuvo que silenciar sus cornetas para escuchar el rugido de un continente.
El viaje de los invisibles
Imagina el escenario: un potro descartado por "defectuoso", comprado por el precio de un automóvil usado, viajando en la "panza" de un avión de carga entre el cacareo de aves de corral y el calor asfixiante del Caribe. 
Cañonero II no llegó a Kentucky en una alfombra roja; llegó exhausto, con kilos de menos y la piel marcada por la travesía. Para los expertos de la época, era un "invitado de piedra", un nombre más en el programa.
Pero la humildad tiene un superpoder: no necesita permiso para existir.
Mientras el mundo dudaba de los métodos del "Negro" Juan Arias y de la confianza de Gustavo Ávila, en la cuadra del caballo "Venezolano" se gestaba un milagro que obligaría a los narradores anglosajones a aprender nombres que antes no sabían pronunciar. Recordemos que Cañonero II nació en USA pero realizó sus primeros pasos en Venezuela, de allí su leyenda.
La sabiduría del "Negro" Juan Arias
Juan Arias, Entrenador y Cañonero II
Cortesía AP Photo

Pocos saben que, al llegar a Churchill Downs, la prensa local se burlaba del entrenamiento de Cañonero II. 
Mientras los favoritos galopaban bajo cronómetros digitales, Juan Arias se limitaba a caminar al caballo durante horas. Los expertos decían que el ejemplar "no estaba trabajando", pero Arias sabía algo que ellos no: Cañonero no necesitaba velocidad, necesitaba sanar su mente y su cuerpo del traumático viaje. 
Esa "lentitud" fue la verdadera medicina que preparó sus patas para la histórica atropellada.
El estruendo del silencio
Cuando se abrieron las gateras aquel primer sábado de mayo, Cañonero II no solo estaba corriendo contra diecisiete rivales; corría contra todos los pronósticos y la incredulidad de los expertos.
A mitad de camino, cuando el "Monstruo" Ávila llamó a correr, no fue un látigo lo que movió al caballo, fue una conexión absoluta, un entendimiento mutuo que solo se da entre los grandes al grito de ¡Vamos Cañón! 
En cada zancada de esa atropellada histórica, el ejemplar fue dejando atrás el hambre del viaje, el dolor de su pata torcida y el escepticismo de las gradas. Cuando cruzó la meta, el silencio de Churchill Downs fue ensordecedor. 
Ese día, por primera vez, el ganador no respondía a los linajes tradicionales de Kentucky, sino al corazón de Caracas, "Caracas Cannonball". (Cañon de Caracas)


Cañonero II, con el jinete Gustavo Avila, cruza la meta en el Kentucky Derby 1 de Mayo de 1971. Cortesía AP Photo
La perseverancia como bandera
Si algo nos enseña esta historia a 55 años de distancia, es que el galope del corazón siempre es más fuerte que el de los músculos. Cañonero II nos enseñó que la perseverancia no es insistir cuando todo está a favor, sino resistir cuando todo parece perdido.
Él no ganó por ser el más veloz en los papeles, ganó porque tenía la dignidad de los que no tienen nada que perder. Fue el triunfo de lo nuestro, de la técnica caribeña, de la paciencia del jinete que sabe esperar y de la nobleza de un animal que, aunque sus pulmones quemaran, se negó a rendirse.
El eco eterno
Hoy, en A Ritmo de Galope, volvemos a pasar el video de esa carrera para revivir el instante en el cual, el mundo entero se rindió ante la feroz atropellada del "Invasor Venezolano"
Kentucky Derby, 1971
Cañonero II no fue solo un caballo de carreras fue la prueba viviente de que el destino es una puerta que se abre a punta de coraje.
Cincuenta y cinco años después, cuando el viento sopla fuerte en la recta final de Churchill Downs, todavía parece escucharse el eco de su atropellada. Porque los caballos grandes no mueren; se quedan galopando para siempre en la memoria de los que recordamos con orgullo aquel día en que, por fin, en el Kentucky Derby se habló en español.
Pero lo más asombroso de esta leyenda es que el estruendo de sus cascos apenas comenzaba a sentirse... porque lo mejor estaba por venir.
¡En A Ritmo de galope, seguimos honrando la leyenda!

Nos vemos en una próxima entrega.

Son Apuntes de un Veterinario.

Redacción e investigación documental Enrique Alberto Martín-Caro Malavé

Otros artículos relacionados con las Hazañas de Cañonero II en nuestro Blog A Ritmo de Galope en una sección dedicada a él.

Créditos a su autor original de todas las imágenes y video empleados con fines ilustrativos de la hazaña histórica de 1971.

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